
Es un clásico de la historia del cine, del director austriaco Fritz Lang realizado en 1927, Metrópolis, considerado no hace poco tiempo una fantasía futurista por su historia que muestra a una gran masa de seres humanos viviendo esclavizada en el subsuelo al servicio de una pequeña elite que habita en la superficie en el club de los hijos con bibliotecas, salones de estudio, teatros, jardines, fiestas sin preocupaciones, etc.
Sin embargo no puede estar muy alejado de la realidad en la cual el ser humano se ha convertido en un engranaje más de la maquinaria de producción que transforma todo en oro. Mientras un pequeño porcentaje de la población gasta más que la humanidad entera en el mundo y se dividen en clases desde donde pretende gobernar hegemónicamente.
Metrópolis bajo el lema –El mediador entre el cerebro y la mano ha de ser el corazón– se hace dos preguntas ¿Dónde están los hombres que levantaron esta maravillosa ciudad? ¿A que mundo pertenecen? Y demuestra su respuesta con la búsqueda de Freder, hijo del dictador Joh Fredersen, el señor de la gran ciudad. En esta búsqueda descubre que en las profundidades de la ciudad viven sus hermanos, obreros transformados en seres-maquinas bajo el control de tiempo.
El cerebro (el dictador) tiene un sentir distinto que las manos (los obreros) pero su meta es la misma, llegar a demostrar su grandeza y bienestar, para esto necesitan de un elemento integrador que los conecte en igual propósito el corazón. Necesario para crear un sentimiento de respeto de la vida.

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